Comparte

Share |



¡¡Apaguen esa luz!!

El exceso de luz nocturna se ha convertido en una seria pero apenas conocida agresión a nuestra salud y al resto de seres vivos ante la que las administraciones públicas comienzan a actuar.

La noche ya no es lo que era, y menos en las ciudades. A muchos les gusta ese derroche de claridad,  pero otros echan en falta la oscuridad. Y es que esa costumbre de llenar las calles de luces colgantes, farolas, anuncios luminosos y demás artilugios para convertir la noche en día -una manía que va mucho más allá de la Navidad- está revelándose como una forma de contaminación dañina para la naturaleza y para nuestra salud. Varias comunidades autónomas y ayuntamientos están legislando para proteger el cielo nocturno, algo mucho más necesario de lo que pensamos.


Millones de hogares en los países desarrollados tienen que convivir cada noche con la luz de una farola, anuncios luminosos y otras aberraciones lumínicas colándose en los dormitorios. En gran medida, esto es así por la falsa concepción de que mucha luz equivale a mayor seguridad. Sin embargo, la seguridad que aporta la luz en gran cantidad es más psicológica que real. Un equipo de investigadores de la Universidad de Southampton (Gran Bretaña) ha hecho un estudio sobre 100.000 delitos y ha llegado a la conclusión de que el alumbrado público tiene poco o nulo efecto sobre la criminalidad, aunque sí da cierta confianza a las personas que temen ser agredidas.  
Lo que muchos no saben es que la luz a destiempo es en sí misma una agresión, sobre todo, por la alteración del ciclo día/noche y del ciclo lunar, dos de los ciclos básicos de todo ser vivo.


Está comprobado, además, que la proyección de luz en el medio natural origina fenómenos de deslumbramiento y desorientación en numerosas aves. Esto rompe muchas veces el equilibrio poblacional de las especies depredadoras nocturnas y las depredadas, ya que éstas últimas pierden el refugio de la oscuridad; pero, incluso, aves, como los búhos, con una visión nocturna casi perfecta, sufren deslumbramientos que les ponen más difícil la caza. Por contra, los depredadores diurnos proliferan ya que pueden localizar presas las 24 horas del día. La luz artificial también incide sobre los ciclos reproductivos de los insectos ya que evitar las “barreras del luz” les obliga a recorrer crecientes distancias para encontrar pareja. De rebote, la flora se ve afectada al disminuir los insectos que realizan la polinización de ciertas plantas, incluidos, seguramente, muchos cultivos agrícolas.

Pero también las personas padecen -muchas veces de modo imperceptible- los efectos de la falta de oscuridad. La presencia de ésta en el ambiente durante la noche puede ser causa de sueño inquieto, insomnio, cansancio y nerviosismo. Ciertos estudios realizados en Norteamérica apuntan hacia una conexión entre las bombillas de vapor de mercurio (luz blanca) y  mayores índices de agresividad.  Investigadores del Trinity College de EE UU han calculado, incluso, que una décima parte de la población mundial ha atrofiado la capacidad de visión nocturna ya que nunca es tan oscuro como para que entre en juego este mecanismo del ojo humano.
Pero hay más. Un estudio del Instituto Nacional del Cáncer publicado en el periódico oficial de esta institución de EE UU ha revelado una asociación estadística entre exposición a la luz durante la noche y mayores tasas de cáncer de mama. ¿Cómo es posible? No se sabe con certeza, pero los científicos manejan la hipótesis de que la luz que golpea la retina a todas horas -incluidas las horas de sueño- reduce la producción de melatonina, una hormona con propiedades anticancerígenas, entre otras.